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Thérèse d’Avila

Le Livre de la vie Chapitre 7

Chapitre 7 sur 40

Référence canonique 7

es

Pues ansí comencé de pasatiempo en pasatiempo, y de vanidad en vanidad, de ocasion en ocasion, á meterme tanto en muy grandes ocasiones, y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades, que ya yo tenia vergüenza de en tan particular amistad, como es tratar de oracion, tornarme á llegar á Dios; y ayudóme á esto, que como crecieron los pecados, comenzóme á faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud. Via yo muy claro, Señor mio, que me faltaba esto á mí, por faltaros yo á vos. Este fué el mas terrible engaño que el demonio me podia hacer debajo de parecer humildad, que comencé á temer de tener oracion, de verme tan perdida; y parecíame era mejor andar como los muchos, pues en ser ruin era de los peores, y rezar lo que estaba obligada y vocalmente, que no tener oracion mental, y tanto trato con Dios, la que merecia estar con los demonios, y que engañaba á la gente; porque en lo exterior tenia buenas apariencias; y ansí no es de culpar á la casa donde estaba, porque con mi maña procuraba me tuviesen en buena opinion, aunque no de advertencia, fingiendo cristianidad; porque en esto de yproquesía y vanagloria, gloria á Dios, jamás me acuerdo haberle ofendido, que yo entienda, que, en viéndome primer movimiento, me daba tanta pena, que el demonio iba con pérdida, y yo quedaba con ganancia, y ansí en esto muy poco me ha tentado jamás! Por ventura, si Dios permitiera me tentara en esto tan recio como en otras cosas, tambien cayera; mas su Majestad hasta ahora me ha guardado en esto, sea por siempre bendito; antes me pesaba mucho de que me tuviesen en buena opinion, como yo sabía lo secreto de mí. Este no me tener por tan ruin venia, de que como me vian tan moza, y en tantas ocasiones, y apartarme muchas veces á soledad, á rezar y leer mucho, hablar de Dios, amiga de hacer pintar su imágen en muchas partes, y de tener oratorio, y procurar en él cosas que hiciesen devocion, no decir mal, otras cosas desta suerte, que tenian apariencia de virtud; y yo, que de vana, me sabia estimar en las cosas, que en el mundo se suelen tener por estima. Con esto me daban tanta y mas libertad que á las muy antiguas, y tenian gran siguridad de mí; porque tomar yo libertad, ni hacer cosa sin licencia, digo por agujeros, ó paredes, ó de noche, nunca me parece lo pudiera acabar conmigo en monesterio hablar desta suerte, ni lo hice, porque me tuvo el Señor de su mano. Parecíame á mí (que con advertencia, y de propósito miraba muchas cosas) que poner la honra de tantas en aventura, por ser yo ruin, siendo ellas buenas, que era muy mal hecho; ¡como si fuera bien otras cosas que hacia! A la verdad no iba el mal de tanto acuerdo, como esto fuera, aunque era mucho.

Por esto me parece á mí me hizo harto daño no estar en monesterio encerrado; porque la libertad, que las que eran buenas podian tener con bondad, porque no debian mas, que no se prometia clausura, para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado al infierno, si, en tantos remedios y medios, el Señor, con muy particulares mercedes suyas, no me hubiera sacado de este peligro; y ansí me parece lo es grandísimo, monesterio de mujeres con libertad; y que mas me parece es paso para caminar al infierno las que quisieren ser ruines, que remedio para sus flaquezas. Esto no se tome por el mío, porque hay tantas, que sirven muy de veras y con muena perficion al Señor, que no puede su Majestad dejar (segun es bueno) de favorecerlas, y no es de los muy abiertos, y en él se guarda toda religion, sino de otros, que yo sé y he visto. Digo que me hacen gran lástima, que ha menester el Señor hacer particulares llamamientos; y no una vez, sino muchas, para que se salven, segun están autorizadas las honras y recreaciones del mundo, y tan mal entendido á lo que están obligadas, que plega á Dios no tengan por virtud lo que es pecado, como muchas veces yo lo hacia; y hay tan gran dificultad en hacerlo entender, que es menester el Señor ponga muy de veras en ello su mano. Si los padres tomasen mi consejo, ya que no quieran mirar á poner sus hijas adonde vayan camino de salvacion, sino con mas peligro que en el mundo, que lo miren por lo que toca á su honra; y quieran mas casarlas muy bajamente, que meterlas en monesterios semejantes, si no son muy bien inclinadas; y plega á Dios aproveche, ó se las tengan en su casa: porque, si quieren ser ruines, no se podrá encubrir sino poco tiempo, y acá muy mucho, y en fin lo descubre el Señor; y no solo dañan á sí, sino á todas; y á las veces las pobrecitas no tienen culpa, porque se van por lo que hallan; y es lástima de muchas, que se quieren apartar del mundo, y pensando que se van á servir al Señor, y apartar de los peligros del mundo, se hallan en diez mundos juntos, que ni saben cómo se valer ni remediar; que la mocedad y sensualidad y demonio las convida y enclina á siguir algunas cosas, que son del mesmo mundo, vé allí que lo tienen por bueno, á manera de decir. Paréceme como los desventurados de los herejes en parte, que se quieren cegar, y hacer entender que es bueno aquello que siguen, y que lo creen ansí, sin creerlo, porque dentro de sí tienen quien les diga que es malo. !O grandísimo mal! grandísimo mal de religiosos! (no digo ahora mas mujeres que hombres) adonde no se guarda religion; adonde en un monesterio hay dos caminos de virtud y religion, y falta de religion, y todos casi se andan por igual; antes mal dije, no por igual, que por nuestros pecados camínase mas el mas imperfeto, y, como hay mas de él, es mas favorecido. Usase tan poco el de la verdadera religion, que mas ha de temer el fraile y la monja, que ha de comenzar de veras á siguir del todo su llamamiento, á los mesmos de su casa, que á todos los demonios; y mas cautela y disimulacion ha de tener para hablar en la amistad, que desea de tener con Dios, que en otras amistades y voluntades, que el demonio ordena en los monesterios. Y no sé de qué nos espantamos haya tantos males en la Iglesia, pues los que habian de ser los dechados, para que todos sacasen virtudes, tienen tan borrada la labor, que el espíritu de los santos pasados dejaron en las religiones. Plega la divina Majestad, ponga remedio en ello, como va que es menester, amen.

Pues comenzando yo á tratar estas conversaciones, no me pareciendo, como via que se usaban, que habia de venir á mi alma el daño y distraimiento, que despues entendí era semejantes tratos, parecióme que cosa tan general como es este visitar en muchos monesterios, que no me haria á mi mas mal que á las otras, que yo veia eran buenas; y no miraba que eran muy mejores, y que lo que en mí fué peligro, en otras no le sería tanto; que alguno dudo yo le deja de haber, aunque no sea sino tiempo mal gastado. Estando con una persona, bien al principio del conocerla, quiso el Señor darme á entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme, y darme luz en tan gran ceguedad. Representóseme Cristo delante con mucho rigor dándome á entender lo que de aquello le pesaba: vile con los ojos del alma, mas claramente que le pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan imprimido, que há esto mas de veinte y seis años, y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada, y no queria ver mas á con quien estaba. Hizome mucho daño no saber yo que era posible ver nada, sino era con los ojos de el cuerpo y el demonio, que me ayudó á que lo creyese ansí, y hacerme entender que era imposible, y que se me habia antojado, y que podia ser el demonio, y otras cosas desta suerte; puesto, que siempre me quedaba un parecerme era Dios, y que no era antojo; mas como no era á mi gusto, yo me hacia á mí mesma desmentir; y yo, como no lo osé tratar con nadie, y tornó despues á hacer gran importunacion, asegurándome que no era mal ver persona semejante, ni perdia honra, antes que la ganaba, torné á la mesma conversacion, y aun en otros tiempos á otras; porque fué muchos años los que tomaba esta recreacion pestilencia que no me parecia á mí, como estaba en ello, tan malo como era, aunque á veces claro via no era bueno; mas ninguna me hizo el destraimiento que esta que digo, porque la tuve mucha afecion.

Estando otra vez con la mesma persona, vimos venir hácia nosotros (y otras personas, que estaban allí, tambien lo vieron), una cosa á manera de sapo grande, con mucha mas ligereza que ellos suelen andar: de la parte que él vino, no puedo yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del dia, ni nunca la ha habido y la operacion que hizo en mí, me parece no era sin misterio; y tampoco esto se me olvidó jamás. ¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me estábades avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó á mí!

Tenia allí una monja, que era mi parienta antigua, y gran sierva de Dios, y de mucha religion: esta tambien me avisaba algunas veces, y no solo no la creia, mas desgustábeme con ella, y parecíame se escandalizaba sin tener por qué. He dicho esto, para que se entienda mi maldad y la gran bondad de Dios, y cuán merecido tenia el infierno, por tan gran ingratitud; y tambien, porque si el Señor ordenare y fuere servido, en algun tiempo lea esto alguna monja, escarmienten en mí; y les pido yo, por amor de nuestro Señor, huyan de semejantes recreaciones. Plega á su Majestad se desengañe alguna por mí, de cuantas he engañado, diciéndoles que no era mal, y asigurando tan gran peligro con la ceguerad que yo tenia, que de propósito no las queria yo engañar; y por el mal enjemplo que las dí, como he dicho, fuí causa de hartos males, no pensando hacia tanto mal.

Estando yo mala en aquellos primeros dias, antes que supiese valerme á mí, me daba grandísimo deseo de aprovechar á los otros; tentacion muy ordinaria de los que comienzan, aunque á mí me sucedió bien. Como queria tanto á mi padre, deseábale con el bien, que me parecia tenia con tener oracion, que me parecia que en esta vida no podia ser mayor que tener oracion; y ansí por rodeos, como pude, comencé á procurar con él la tuviese: díle libros para este propósito. Como era tan virtuoso, como he dicho, asentóse tambien en él este ejercicio, que en cinco ó seis años (me parece seria) estaba tan adelante, que yo alababa mucho al Señor, y dábame grandísimo consuelo.

Eran grandísimos los trabajos que tuvo de muchas maneras: todos los pasaba con grandísima conformidad. Iba muchas veces á verme, que se consolaba en tratar cosas de Dios. Ya despues que yo andaba tan destraida, y sin tener oracion, como veia pensaba, que era la que solia, no lo pude sufrir sin desengañarle; porque estuve un año, y mas, sin tener oracion, pareciéndome mas humildad; y esta, como despues diré, fué la mayor tentacion que tuve, que por ella me iba á acabar de perder; que, con la oracion, un dia ofendia á Dios, y tornaba otros á recogerme, y apartarme mas de la ocasion. Como el bendito hombre venia con esto, hacíaseme recio verle tan engañado, en que pensase trataba con Dios, como solia, y díjele; que ya yo no tenia oracion, aunque no la causa. Púsele mis enfermedades por inconveniente, que aunque sané de aquella tan grave, siempre hasta ahora las he tenido, y tengo bien grandes; aunque de poco acá no con tanta reciedumbre, mas no se quitan de muchas maneras. En especial, tuve veinte años vómitos por las mañanas, que, hasta mas de mediodía, me acaecía no poder desayunarme; algunas veces mas tarde: despues acá que frecuento mas á menudo las comuniones, es á la noche, antes que me acueste, con mucha mas pena, que tengo yo de procurarle con plumas y otras cosas; porque si lo dejo, es mucho el mal que siento, y casi nunca estoy, á mi parecer, sin muchos dolores, y algunas veces bien graves, en especial en el corazon; aunque el mal que me tomaba muy continuo, es muy de tarde en tarde: perlesía recia, y otras enfermedades de calenturas, que solia tener muchas veces, me hallo buena ocho años há. De estos males se me da ya tan poco, que muchas veces me huelgo, pareciéndome en algo se sirve el Señor. Y mi padre me creyó, que era esta la causa, como él no decia mentira, y ya, conforme á lo que yo trataba con él, no la habia yo de decir. Díjele, porque mijor lo creyese (que bien via yo que para esto no habia disculpa), que harto hacia en poder servir el coro.

Aunque tampoco era causa bastante para dejar cosa, que no son menester fuerzas corporales para ella, sino solo amar y costumbre; aunque el Señor da siempre oportunidad si queremos. Digo siempre, que, aunque con ocasiones y enfermedad algunos ratos impida, para muchos ratos de soledad no deja de haber otros que hay salud para esto; y en la mesma enfermedad y ocasiones es la verdadera oracion, cuando es alma que ama, en ofrecer aquello, y acordarse por quien lo pasa, y conformarse con ello y mill cosas que se ofrecen; aquí ejercita el amor, que no es por fuerza que ha de haberla cuando hay tiempo de soledad, y lo demás no ser oracion. Con un poquito de cuidado grandes bienes se hallan en el tiempo, que con trabajos el Señor nos quita el tiempo de la oracion; y ansí los habia yo hallado cuando tenia buena conciencia. Mas él, con la opinion que tenia de mí, y el amor que me tenia, todo me lo creyó, antes me hubo lástima; mas como él estaba ya en tan subido estado, no estaba despues tanto conmigo, sino, como me habia visto, íbase. que decia era tiempo perdido: como yo le gastaba en otras vanidades, dábaseme poco.

No fué solo á él sino á otras algunas personas, las que procuré tuviesen oracion, aun andando yo en estas vanidades: como las via amigas de rezar, las decia cómo ternian meditacion y les aprovechaba, y dábales libros; porque este deseo, de que otras sirviesen á Dios, desde que comencé oracion, como he dicho, le tenia. Parecíame á mí, que ya que yo no servia al Señor, como lo entendia, que no se perdiese lo que me habia dado su Mejestad á entender, y que le sirviesen otros por mí. Digo esto, para que se vea la gran ceguedad en que estaba, que me dejaba perder á mí, y procuraba ganar á otros.

En este tiempo dió á mi padre la enfermedad de que murió, que duró algunos dias. Fuíle yo á curar, estando mas enferma en el alma que él en el cuerpo, en muchas vanidades, aunque no de manera, que, á cuanto entendia, estuviese en pecado mortal en todo este tiempo mas perdido que digo; porque entendiéndolo yo, en ninguna manera lo estuviera.

Pasé harto trabajo en su enfermedad; creo le serví algo de lo que él habia pasado en las mias. Con estar yo harto mala me esforzaba, y con que en faltarme él me faltaba todo el bien y regalo, porque en un ser me le hacia, tuve tan gran ánimo para no le mostrar pena, y estar hasta que murió, como si ninguna cosa sintiera, pareciéndome se arrancaba mi alma, cuando via acabar su vida, porque le queria mucho. Fué cosa para alabar al Señor la muerte que murió, y la gana que tenia de morirse, los consejos que nos daba despues de haber recibido la Extrema Uncion, el encargarnos le encomendásemos á Dios y le pidiésemos misericordia para él, y que siempre le sirviésemos, que mirásemos se acababa todo; y con lágrimas nos decia la pena grande que tenia de no haberle servido, que quisiera ser un fraile, digo, haber sido de los mas estrechos que hubiera. Tengo por muy cierto, que quince dias antes le dió el Señor á entender no habia de vivir; porque antes de estos, aunque estaba malo, no lo pensaba. Despues, con tener mucha mijoría, y decirlo los médicos, ningun caso hacia de ello, sino entendia en ordenar su alma. Fué su principal mal de un dolor grandísimo de espaldas, que jamás se le quitaba: algunas veces le apretaba tanto, que le congojaba mucho. Díjele yo, que pues era tan devoto de cuando el Señor llevaba la Cruz acuestas, que pensase, su Majestad le queria dar á sentir algo de lo que habia pasado con aquel dolor. Consolóse tanto, que me parece nunca mas le oí quejar. Estuvo tres dias muy falto el sentido.

El dia que murió se le tornó el Señor tan entero, que nos espantábamos; y le tuvo hasta que á la mitad de el Credo, diciéndole él mesmo, espiró. Quedó como un ángel; y ansí me parecia á mí lo era él, á manera de decir, en alma y dispusicion, que la tenia muy buena. No sé para qué he dicho esto, sino es para culpar mas mi ruin vida, despues de haber visto tal muerte, y entender tal vida, que por parecerme en algo á tal padre, la habia yo de mijorar. Decia su confesor, que era dominico, muy gran letrado, que no dudaba de que se iba derecho al cielo, porque habia algunos años que le confesaba, y loaba su limpieza de conciencia. Este padre dominico, que era muy bueno y temeroso de Dios, me hizo harto provecho, porque me confesé con él, y tomó á hacer bien á mi alma con cuidado, y hacerme entender la perdicion que traia. Hacíame comulgar de quince á quince dias, y poco á poco comenzándole á tratar, tratéle de mi oracion. Díjome, que no la dejase, que en ninguna manera me podia hacer sino provecho. Comencé á tornar á ella, aunque no á quitarme de las ocasiones, y nunca mas la dejé. Pasaba una vida trabajosísima, porque en la oracion entendia mas mis faltas. Por una parte me llamaba Dios, por otra yo siguia á el mundo. Dábame gran contento todas las cosas de Dios; teníanme atada las de el mundo. Parece que queria concertar estos dos contrarios, tan enemigo uno de otro, como es vida espiritual, y contentos, y gustos y pasatiempos sensuales. En la oracion pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor, sino esclavo; y ansí no me podia encerrar dentro de mí, que era todo el modo de proceder que llevaba en la oracion, sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé ansí muchos años, que ahora me espanto, que sujeto bastó á sufrir, que no dejase lo uno ú lo otro: bien sé que dejar la oracion no era ya en mi mano, porque me tenia con las suyas, el que me queria para hacerme mayores mercedes.

¡Oh, válame Dios! si hubiera de decir las ocasiones, que en estos años Dios me quitaba, y como me tornaba yo á meter en ellas, y de los peligros de perder del todo el crédito que me libró! Yo á hacer obras para descubrir la que era, y el Señor encubrir los males y descubrir alguna pequeña virtud, si tenia, y hacerla grande en los ojos de todos, de manera que siempre me tenian en mucho; porque, aunque algunas veces se traslucian mis vanidades, como vian otras cosas, que les parecian buenas, no lo creian; y era que habia ya visto el Sabidor de todas las cosas, que era menester ansí, para que en las que despues he hablado de su servicio, me diesen algun crédito; y miraba su soberana largueza, no los grandes pecados, sino los deseos que muchas veces tenia de servirle, y la pena por no tener fortaleza en mí para ponerlo por obra.

¡Oh Señor de mi alma! ¿Cómo podré encarecer las mercedes que en estos años me hicistes? ¡Y cómo en el tiempo que yo mas os ofendia, en breve me disponíades con un grandísimo arrepentimiento para que gustase de vuestros regalos y mercedes!

A la verdad tomábades, Rey mio, el mas delicado y penoso castigo por medio, que para mí podia ser, como quien bien entendia lo que me habia de ser mas penoso. Con regalos grandes castigábades mis delitos. Y no ereo digo desatino, aunque seria bien que estuviese desatinada, tornando á la memoria ahora de nuevo mi ingratitud y maldad. Era tan mas penoso para mi condicion recibir mercedes, cuando habia caido en graves culpas, que recibir castigos; que una de ellas me parece cierto me deshacia, y confundia mas, y fatigaba, que muchas enfermedades, con otros trabajos harto juntos; porque lo postrero via lo merecia, y parecíame pagaba algo de mis pecados, aunque todo era poco, segun ellos eran muchos: mas verme recibir de nuevo mercedes, pagando tan mal las recibidas, es un género de tormento para mí terrible, y creo para todos los que tuvieren algun conocimiento ó amor de Dios; y esto por una condicion virtuosa lo podemos acá sacar. Aquí eran mis lágrimas y mi enojo de ver lo que sentia, viéndome de suerte, que estaba en víspera de tornar á caer; aunque mis determinaciones y deseos entonces, por aquel rato, digo, estaban firmes. Gran mal es un alma sola entre tantos peligros: paréceme á mí, que si yo tuviera con quien tratar todo esto, que me ayudara á no tornar á caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenia de Dios.

Por eso aconsejaria yo á los que tienen oracion, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas, que traten de lo mesmo: es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse unos á otros con sus oraciones; cuanto mas, que hay muchas mas ganancias. Y no sé yo por qué (pues de conversaciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar, y para mas gozar de contar aquellos placeres vanos), se ha de permitir, que quien comenzare de veras á amar á Dios y á servirle, deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oracion. Porque si es de verdad el amistad, que quiere tener con su Majestad, no haya miedo de vanagloria; y cuando el primer movimiento le acometa, saldrá dello con mérito; y creo, que el que tratando con esta intencion lo tratare, que aprovechara á sí y á los que le oyeren, y saldrá mas enseñado, ansí en entender, como enseñar á sus amigos. El que de hablar en esto tuviere vanagloria, tambien la terná en oir misa con devocion, si le ven, y en hacer otras cosas, que, sopena de no ser cristiano, las ha de hacer, y no se han de dejar por miedo de vanagloria. Pues es tan importantísimo esto para almas, que no están fortalecidas en virtud (como tienen tantos contrarios y amigos para incitar al mal), que no sé cómo lo encarecer. Paréceme que el demonio ha usado de este ardid, como cosa que muy mucho le porta, que se ascondan tanto de que se entienda, que de veras quieren procurar amar y contentar á Dios; como ha incitado se descubran otras voluntades mal honestas, con ser tan usadas, que ya parece se toma por gala y se publican las ofensas, que en este caso se hacen á Dios.

No sé si digo desatinos; si lo son, vuesa merced los rompa; y si no lo son, le suplico ayude á mi simpleza, con anidir aquí mucho; porque andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es menester hacerse espaldas unos á otros, los que le sirven, para ir adelante, sigun se tiene por bueno andar en las vanidades y contentos del mundo: para estos hay pocos ojos; y si uno comienza á darse á Dios, hay tantos que mormuren, que es menester buscar compañía para defenderse, hasta que ya estén fuertes en no les pesar de padecer, y si no veránse en mucho aprieto. Paréceme, que por esto debian usar algunos santos irse á los desiertos; y es un género de humildad no fiar de sí, sino creer que para aquellos con quien conversa le ayudará Dios; y crece la caridad con ser comunicada, y hay mil bienes, que no los osaria decir, si no tuviese gran espiriencia de lo mucho que va en esto. Verdad es, que yo soy mas flaca y ruin que todos los nacidos; mas creo no perdera quien humillándose, aunque sea fuerte, no lo crea de sí, y creyere en esto á quien tiene espiriencia. De mí sé decir, que si el Señor no me descubriera esta verdad, y diera medios para que yo muy ordinario tratára con personas que tienen oracion, que cayendo y levantando iba á dar de ojos en el infierno; porque para caer habia muchos amigos que me ayudasen; para levantarme hallábame tan sola, que ahora me espanto cómo no estaba siempre caida; y alabo la misericordia de Dios, que era solo el que me daba la mano. Sea bendito para siempre jamás, amen.

Anglais

David Lewis

1. So, then, going on from pastime to pastime, from vanity to
vanity, from one occasion of sin to another, I began to expose
myself exceedingly to the very greatest dangers: my soul was so
distracted by many vanities, that I was ashamed to draw near unto
God in an act of such special friendship as that of prayer.
As my sins multiplied, I began to lose the pleasure and comfort I
had in virtuous things: and that loss contributed to the
abandonment of prayer. I see now most clearly, O my Lord, that
this comfort departed from me because I had departed from Thee.

2. It was the most fearful delusion into which Satan could plunge
me--to give up prayer under the pretence of humility. I began to
be afraid of giving myself to prayer, because I saw myself so
lost. I thought it would be better for me, seeing that in my
wickedness I was one of the most wicked, to live like the
multitude--to say the prayers which I was bound to say, and that
vocally: not to practise mental prayer nor commune with God so
much; for I deserved to be with the devils, and was deceiving
those who were about me, because I made an outward show of
goodness; and therefore the community in which I dwelt is not to
be blamed; for with my cunning I so managed matters, that all had
a good opinion of me; and yet I did not seek this deliberately by
simulating devotion; for in all that relates to hypocrisy and
ostentation--glory be to God!--I do not remember that I ever
offended Him, so far as I know. The very first movements
herein gave me such pain, that the devil would depart from me
with loss, and the gain remained with me; and thus, accordingly,
he never tempted me much in this way. Perhaps, however, if God
had permitted Satan to tempt me as sharply herein as he tempted
me in other things, I should have fallen also into this; but His
Majesty has preserved me until now. May He be blessed for
evermore! It was rather a heavy affliction to me that I should
be thought so well of; for I knew my own secret.

3. The reason why they thought I was not so wicked was this: they
saw that I, who was so young, and exposed to so many occasions of
sin, withdrew myself so often into solitude for prayer, read
much, spoke of God, that I liked to have His image painted in
many places, to have an oratory of my own, and furnish it with
objects of devotion, that I spoke ill of no one, and other things
of the same kind in me which have the appearance of virtue. Yet
all the while--I was so vain--I knew how to procure respect for
myself by doing those things which in the world are usually
regarded with respect.

4. In consequence of this, they gave me as much liberty as they
did to the oldest nuns, and even more, and had great confidence
in me; for as to taking any liberty for myself, or doing anything
without leave--such as conversing through the door, or in secret,
or by night--I do not think I could have brought myself to speak
with anybody in the monastery in that way, and I never did it;
for our Lord held me back. It seemed to me--for I considered
many things carefully and of set purpose--that it would be a very
evil deed on my part, wicked as I was, to risk the credit of so
many nuns, who were all good--as if everything else I did was
well done! In truth, the evil I did was not the result of
deliberation, as this would have been, if I had done it, although
it was too much so.

5. Therefore, I think that it did me much harm to be in a
monastery not enclosed. The liberty which those who were good
might have with advantage--they not being obliged to do more than
they do, because they had not bound themselves to
enclosure--would certainly have led me, who am wicked, straight
to hell, if our Lord, by so many remedies and means of His most
singular mercy, had not delivered me out of that danger--and it
is, I believe, the very greatest danger--namely, a monastery of
women unenclosed--yea, more, I think it is, for those who will be
wicked, a road to hell, rather than a help to their weakness.
This is not to be understood of my monastery; for there are so
many there who in the utmost sincerity, and in great perfection,
serve our Lord, so that His Majesty, according to His goodness,
cannot but be gracious unto them; neither is it one of those
which are most open for all religious observances are kept in it;
and I am speaking only of others which I have seen and known.

6. I am exceedingly sorry for these houses, because our Lord must
of necessity send His special inspirations not merely once, but
many times, if the nuns therein are to be saved, seeing that the
honours and amusements of the world are allowed among them, and
the obligations of their state are so ill-understood. God grant
they may not count that to be virtue which is sin, as I did so
often! It is very difficult to make people understand this; it
is necessary our Lord Himself should take the matter seriously
into His own hands.

7. If parents would take my advice, now that they are at no pains
to place their daughters where they may walk in the way of
salvation without incurring a greater risk than they would do if
they were left in the world, let them look at least at that which
concerns their good name. Let them marry them to persons of a
much lower degree, rather than place them in monasteries of this
kind, unless they be of extremely good inclinations, and God
grant that these inclinations may come to good! or let them keep
them at home. If they will be wicked at home, their evil life
can be hidden only for a short time; but in monasteries it can be
hidden long, and, in the end, it is our Lord that discovers it.
They injure not only themselves, but all the nuns also. And all
the while the poor things are not in fault; for they walk in the
way that is shown them. Many of them are to be pitied; for they
wished to withdraw from the world, and, thinking to escape from
the dangers of it, and that they were going to serve our Lord,
have found themselves in ten worlds at once, without knowing what
to do, or how to help themselves. Youth and sensuality and the
devil invite them and incline them to follow certain ways which
are of the essence of worldliness. They see these ways, so to
speak, considered as safe there.

8. Now, these seem to me to be in some degree like those wretched
heretics who will make themselves blind, and who will consider
that which they do to be good, and so believe, but without really
believing; for they have within themselves something that tells
them it is wrong.

9. Oh, what utter ruin! utter ruin of religious persons--I am not
speaking now more of women than of men--where the rules of the
Order are not kept; where the same monastery offers two roads:
one of virtue and observance, the other of inobservance, and both
equally frequented! I have spoken incorrectly: they are not
equally frequented; for, on account of our sins, the way of the
greatest imperfection is the most frequented; and because it is
the broadest, it is also the most in favour. The way of
religious observance is so little used, that the friar and the
nun who would really begin to follow their vocation thoroughly
have reason to fear the members of their communities more than
all the devils together. They must be more cautious, and
dissemble more, when they would speak of that friendship with God
which they desire to have, than when they would speak of those
friendships and affections which the devil arranges in
monasteries. I know not why we are astonished that the Church is
in so much trouble, when we see those, who ought to be an example
of every virtue to others, so disfigure the work which the spirit
of the Saints departed wrought in their Orders. May it please
His Divine Majesty to apply a remedy to this, as He sees it to be
needful! Amen.

10. So, then, when I began to indulge in these conversations, I
did not think, seeing they were customary, that my soul must be
injured and dissipated, as I afterwards found it must be, by such
conversations. I thought that, as receiving visits was so common
in many monasteries, no more harm would befall me thereby than
befell others, whom I knew to be good. I did not observe that
they were much better than I was, and that an act which was
perilous for me was not so perilous for them; and yet I have no
doubt there was some danger in it, were it nothing else but a
waste of time.

11. I was once with a person--it was at the very beginning of my
acquaintance with her when our Lord was pleased to show me that
these friendships were not good for me: to warn me also, and in
my blindness, which was so great, to give me light. Christ stood
before me, stern and grave, giving me to understand what in my
conduct was offensive to Him. I saw Him with the eyes of the
soul more distinctly than I could have seen Him with the eyes of
the body. The vision made so deep an impression upon me, that,
though it is more than twenty-six years ago, I seem to see
Him present even now. I was greatly astonished and disturbed,
and I resolved not to see that person again.

12. It did me much harm that I did not then know it was possible
to see anything otherwise than with the eyes of the body; so
did Satan too, in that he helped me to think so: he made me
understand it to be impossible, and suggested that I had imagined
the vision--that it might be Satan himself--and other
suppositions of that kind. For all this, the impression remained
with me that the vision was from God, and not an imagination;
but, as it was not to my liking, I forced myself to lie to
myself; and as I did not dare to discuss the matter with any one,
and as great importunity was used, I went back to my former
conversation with the same person, and with others also, at
different times; for I was assured that there was no harm in
seeing such a person, and that I gained, instead of losing,
reputation by doing so. I spent many years in this pestilent
amusement; for it never appeared to me, when I was engaged in it,
to be so bad as it really was, though at times I saw clearly it
was not good. But no one caused me the same distraction which
that person did of whom I am speaking; and that was because I had
a great affection for her.

13. At another time, when I was with that person, we saw, both of
us, and others who were present also saw, something like a great
toad crawling towards us, more rapidly than such a creature is in
the habit of crawling. I cannot understand how a reptile of that
kind could, in the middle of the day, have come forth from that
place; it never had done so before, but the impression it
made on me was such, that I think it must have had a meaning;
neither have I ever forgotten it. Oh, the greatness of God! with
what care and tenderness didst Thou warn me in every way! and how
little I profited by those warnings!

14. There was in that house a nun, who was related to me, now
grown old, a great servant of God, and a strict observer of the
rule. She too warned me from time to time; but I not only did
not listen to her, but was even offended, thinking she was
scandalized without cause. I have mentioned this in order that
my wickedness and the great goodness of God might be understood,
and to show how much I deserved hell for ingratitude so great,
and, moreover, if it should be our Lord's will and pleasure that
any nun at any time should read this, that she might take warning
by me. I beseech them all, for the love of our Lord, to flee
from such recreations as these.

15. May His Majesty grant I may undeceive some one of the many I
led astray when I told them there was no harm in these things,
and assured them there was no such great danger therein. I did so
because I was blind myself; for I would not deliberately lead
them astray. By the bad example I set before them--I spoke of
this before--I was the occasion of much evil, not thinking I
was doing so much harm.

16. In those early days, when I was ill, and before I knew how to
be of use to myself, I had a very strong desire to further the
progress of others: a most common temptation of beginners.
With me, however, it had good results. Loving my father so much,
I longed to see him in the possession of that good which I seemed
to derive myself from prayer. I thought that in this life there
could not be a greater good than prayer; and by roundabout ways,
as well as I could, I contrived make him enter upon it; I gave
him books for that end. As he was so good--I said so
before--this exercise took such a hold upon him, that in five
or six years, I think it was, he made so great a progress that I
used to praise our Lord for it. It was a very great consolation
to me. He had most grievous trials of diverse kinds; and he bore
them all with the greatest resignation. He came often to see me;
for it was a comfort to him to speak of the things of God.

17. And now that I had become so dissipated, and had ceased to
pray, and yet saw that he still thought I was what I used to be,
I could not endure it, and so undeceived him. I had been a year
and more without praying, thinking it an act of greater humility
to abstain. This--I shall speak of it again--was the
greatest temptation I ever had, because it very nearly wrought my
utter ruin; for, when I used to pray, if I offended God one
day, on the following days I would recollect myself, and withdraw
farther from the occasions of sin.

18. When that blessed man, having that good opinion of me, came
to visit me, it pained me to see him so deceived as to think that
I used to pray to God as before. So I told him that I did not
pray; but I did not tell him why. I put my infirmities forward
as an excuse; for though I had recovered from that which was so
troublesome, I have always been weak, even very much so; and
though my infirmities are somewhat less troublesome now than they
were, they still afflict me in many ways; specially, I have been
suffering for twenty years from sickness every morning, so
that I could not take any food till past mid-day, and even
occasionally not till later; and now, since my Communions have
become more frequent, it is at night, before I lie down to rest,
that the sickness occurs, and with greater pain; for I have to
bring it on with a feather, or other means. If I do not bring it
on, I suffer more; and thus I am never, I believe, free from
great pain, which is sometimes very acute, especially about the
heart; though the fainting-fits are now but of rare occurrence.
I am also, these eight years past, free from the paralysis, and
from other infirmities of fever, which I had so often. These
afflictions I now regard so lightly, that I am even glad of them,
believing that our Lord in some degree takes His pleasure
in them.

19. My father believed me when I gave him that for a reason, as
he never told a lie himself; neither should I have done so,
considering the relation we were in. I told him, in order to be
the more easily believed, that it was much for me to be able to
attend in choir, though I saw clearly that this was no excuse
whatever; neither, however, was it a sufficient reason for giving
up a practice which does not require, of necessity, bodily
strength, but only love and a habit thereof; yet our Lord always
furnishes an opportunity for it, if we but seek it. I say
always; for though there may be times, as in illness, and from
other causes, when we cannot be much alone, yet it never can be
but there must be opportunities when our strength is sufficient
for the purpose; and in sickness itself, and amidst other
hindrances, true prayer consists, when the soul loves, in
offering up its burden, and in thinking of Him for Whom it
suffers, and in the resignation of the will, and in a thousand
ways which then present themselves. It is under these
circumstances that love exerts itself for it is not necessarily
prayer when we are alone; and neither is it not prayer when we
are not.

20. With a little care, we may find great blessings on those
occasions when our Lord, by means of afflictions, deprives us of
time for prayer; and so I found it when I had a good conscience.
But my father, having that opinion of me which he had, and
because of the love he bore me, believed all I told him;
moreover, he was sorry for me; and as he had now risen to great
heights of prayer himself, he never remained with me long; for
when he had seen me, he went his way, saying that he was wasting
his time. As I was wasting it in other vanities, I cared little
about this.

21. My father was not the only person whom I prevailed upon to
practise prayer, though I was walking in vanity myself. When I
saw persons fond of reciting their prayers, I showed them how to
make a meditation, and helped them and gave them books; for from
the time I began myself to pray, as I said before, I always
had a desire that others should serve God. I thought, now that I
did not myself serve our Lord according to the light I had, that
the knowledge His Majesty had given me ought not to be lost, and
that others should serve Him for me. I say this in order to
explain the great blindness I was in: going to ruin myself, and
labouring to save others.

22. At this time, that illness befell my father of which he
died; it lasted some days. I went to nurse him, being more
sick in spirit than he was in body, owing to my many
vanities--though not, so far as I know, to the extent of being in
mortal sin--through the whole of that wretched time of which I am
speaking; for, if I knew myself to be in mortal sin, I would not
have continued in it on any account. I suffered much myself
during his illness. I believe I rendered him some service in
return for what he had suffered in mine. Though I was very ill,
I did violence to myself; and though in losing him I was to lose
all the comfort and good of my life--he was all this to me--I was
so courageous, that I never betrayed my sorrows, concealing them
till he was dead, as if I felt none at all. It seemed as if my
very soul were wrenched when I saw him at the point of death--my
love for him was so deep.

23. It was a matter for which we ought to praise our Lord--the
death that he died, and the desire he had to die; so also was the
advice he gave us after the last anointing, how he charged us to
recommend him to God, and to pray for mercy for him, how he bade
us serve God always, and consider how all things come to an end.
He told us with tears how sorry he was that he had not served Him
himself; for he wished he was a friar--I mean, that he had been
one in the Strictest Order that is. I have a most assured
conviction that our Lord, some fifteen days before, had revealed
to him he was not to live; for up to that time, though very ill,
he did not think so; but now, though he was somewhat better, and
the physicians said so, he gave no heed to them, but employed
himself in the ordering of his soul.

24. His chief suffering consisted in a most acute pain of the
shoulders, which never left him: it was so sharp at times, that
it put him into great torture. I said to him, that as he had so
great a devotion to our Lord carrying His cross on His shoulders,
he should now think that His Majesty wished him to feel somewhat
of that pain which He then suffered Himself. This so comforted
him, that I do not think I heard him complain afterwards.

25. He remained three days without consciousness; but on the day
he died, our Lord restored him so completely, that we were
astonished: he preserved his understanding to the last; for in
the middle of the creed, which he repeated himself, he died.
He lay there like an angel--such he seemed to me, if I may say
so, both in soul and disposition: he was very good.

26. I know not why I have said this, unless it be for the purpose
of showing how much the more I am to be blamed for my wickedness;
for after seeing such a death, and knowing what his life had
been, I, in order to be in any wise like unto such a father,
ought to have grown better. His confessor, a most learned
Dominican, used to say that he had no doubt he went straight
to heaven. He had heard his confession for some years, and
spoke with praise of the purity of his conscience.

27. This Dominican father, who was a very good man, fearing God,
did me a very great service; for I confessed to him. He took
upon himself the task of helping my soul in earnest, and of
making me see the perilous state I was in. He sent me to
Communion once a fortnight; and I, by degrees beginning to
speak to him, told him about my prayer. He charged me never to
omit it: that, anyhow, it could not do me anything but good.
I began to return to it--though I did not cut off the occasions
of sin--and never afterwards gave it up. My life became most
wretched, because I learned in prayer more and more of my faults.
On one side, God was calling me; on the other, I was following
the world. All the things of God gave me great pleasure; and I
was a prisoner to the things of the world. It seemed as if I
wished to reconcile two contradictions, so much at variance one
with another as are the life of the spirit and the joys and
pleasures and amusements of sense.

28. I suffered much in prayer; for the spirit was slave, and not
master; and so I was not able to shut myself up within
myself--that was my whole method of prayer--without shutting up
with me a thousand vanities at the same time. I spent many years
in this way; and I am now astonished that any one could have
borne it without abandoning either the one or the other. I know
well that it was not in my power then to give up prayer, because
He held me in His hand Who sought me that He might show me
greater mercies.

29. O my God! if I might, I would speak of the occasions from
which God delivered me, and how I threw myself into them again;
and of the risks I ran of losing utterly my good name, from which
He delivered me. I did things to show what I was; and our Lord
hid the evil, and revealed some little virtue--if so be I had
any--and made it great in the eyes of all, so that they always
held me in much honour. For although my follies came
occasionally into light, people would not believe it when they
saw other things, which they thought good. The reason is, that
He Who knoweth all things saw it was necessary it should be so,
in order that I might have some credit given me by those to whom
in after years I was to speak of His service. His supreme
munificence regarded not my great sins, but rather the desires I
frequently had to please Him, and the pain I felt because I had
not the strength to bring those desires to good effect.

30. O Lord of my soul! how shall I be able to magnify the graces
which Thou, in those years, didst bestow upon me? Oh, how, at
the very time that I offended Thee most, Thou didst prepare me in
a moment, by a most profound compunction, to taste of the
sweetness of Thy consolations and mercies! In truth, O my King,
Thou didst administer to me the most delicate and painful
chastisement it was possible for me to bear; for Thou knewest
well what would have given me the most pain. Thou didst chastise
my sins with great consolations. I do not believe I am saying
foolish things, though it may well be that I am beside myself
whenever I call to mind my ingratitude and my wickedness.

31. It was more painful for me, in the state I was in, to receive
graces, when I had fallen into grievous faults, than it would
have been to receive chastisement; for one of those faults, I am
sure, used to bring me low, shame and distress me, more than many
diseases, together with many heavy trials, could have done.
For, as to the latter, I saw that I deserved them; and it seemed
to me that by them I was making some reparation for my sins,
though it was but slight, for my sins are so many. But when I
see myself receive graces anew, after being so ungrateful for
those already received, that is to me--and, I believe, to all who
have any knowledge or love of God--a fearful kind of torment. We
may see how true this is by considering what a virtuous mind must
be. Hence my tears and vexation when I reflected on what I felt,
seeing myself in a condition to fall at every moment, though my
resolutions and desires then--I am speaking of that
time--were strong.

32. It is a great evil for a soul to be alone in the midst of
such great dangers; it seems to me that if I had had any one with
whom I could have spoken of all this, it might have helped me not
to fall. I might, at least, have been ashamed before him--and
yet I was not ashamed before God.

33. For this reason, I would advise those who give themselves to
prayer, particularly at first, to form friendships; and converse
familiarly, with others who are doing the same thing. It is a
matter of the last importance, even if it lead only to helping
one another by prayer: how much more, seeing that it has led to
much greater gain! Now, if in their intercourse one with
another, and in the indulgence of human affections even not of
the best kind, men seek friends with whom they may refresh
themselves, and for the purpose of having greater satisfaction in
speaking of their empty joys, I know no reason why it should not
be lawful for him who is beginning to love and serve God in
earnest to confide to another his joys and sorrows; for they who
are given to prayer are thoroughly accustomed to both.

34. For if that friendship with God which he desires be real, let
him not be afraid of vain-glory; and if the first movements
thereof assail him, he will escape from it with merit; and I
believe that he who will discuss the matter with this intention
will profit both himself and those who hear him, and thus will
derive more light for his own understanding, as well as for the
instruction of his friends. He who in discussing his method of
prayer falls into vain-glory will do so also when he hears Mass
devoutly, if he is seen of men, and in doing other good works,
which must be done under pain of being no Christian; and yet
these things must not be omitted through fear of vain-glory.

35. Moreover, it is a most important matter for those souls who
are not strong in virtue; for they have so many people, enemies
as well as friends, to urge them the wrong way, that I do not see
how this point is capable of exaggeration. It seems to me that
Satan has employed this artifice--and it is of the greatest
service to him--namely, that men who really wish to love and
please God should hide the fact, while others, at his suggestion,
make open show of their malicious dispositions; and this is so
common, that it seems a matter of boasting now, and the offences
committed against God are thus published abroad.

36. I do not know whether the things I am saying are foolish or
not. If they be so, your reverence will strike them out.
I entreat you to help my simplicity by adding a good deal to
this, because the things that relate to the service of God are so
feebly managed, that it is necessary for those who would serve
Him to join shoulder to shoulder, if they are to advance at all;
for it is considered safe to live amidst the vanities and
pleasures of the world, and few there be who regard them with
unfavourable eyes. But if any one begins to give himself up to
the service of God, there are so many to find fault with him,
that it becomes necessary for him to seek companions, in order
that he may find protection among them till he grows strong
enough not to feel what he may be made to suffer. If he does
not, he will find himself in great straits.

37. This, I believe, must have been the reason why some of the
Saints withdrew into the desert. And it is a kind of humility in
man not to trust to himself, but to believe that God will help
him in his relations with those with whom he converses; and
charity grows by being diffused; and there are a thousand
blessings herein which I would not dare to speak of, if I had not
known by experience the great importance of it. It is very true
that I am the most wicked and the basest of all who are born of
women; but I believe that he who, humbling himself, though
strong, yet trusteth not in himself, and believeth another who in
this matter has had experience, will lose nothing. Of myself I
may say that, if our Lord had not revealed to me this truth, and
given me the opportunity of speaking very frequently to persons
given to prayer, I should have gone on falling and rising till I
tumbled into hell. I had many friends to help me to fall; but as
to rising again, I was so much left to myself, that I wonder now
I was not always on the ground. I praise God for His mercy; for
it was He only Who stretched out His hand to me. May He be
blessed for ever! Amen.

Français

Arnauld d’Andilly

Je me rengageai alors dans tant d'occasions si périlleuses que,
passant d'un divertissement à un autre, et de vanité en vanité, mon
âme tomba dans un tel dérèglement que j'avais honte d'oser
m'approcher de Dieu par une communication telle qu'est celle dont il
nous favorise dans l'oraison ; et, à mesure que mes péchés se
multipliaient, je perdais le goût qui se rencontre dans la pratique des

vertus. « En quoi je voyais clairement, mon Dieu, que ce n'était pas
vous qui vous retiriez de moi, mais que c'était moi qui me retirais de
vous. » Ainsi, me trouvant trompée par le plus grand artifice dont le
démon se puisse servir, et me voyant si malheureuse, je commençai,
sous prétexte d'humilité, à craindre de faire oraison. Je crus que,
puisque nulle autre n'était plus imparfaite que moi, je devais suivre le
train ordinaire, et mécontenter des prières vocales, auxquelles j'étais
obligée, sans oser converser avec Dieu par l'oraison mentale, dans le
même temps que je méritais d'être en la compagnie des démons.
Étant en cet état, je trompais le monde, parce qu'il ne paraissait
rien en moi dans l'extérieur que de louable, et il n'y avait point de
sujet de blâmer les autres religieuses de la bonne opinion qu'elles en
avaient. Je n'agissais pas néanmoins en cela avec dissimulation, ni à
dessein de paraitre avoir plus de piété que je n'en avais ; car, par la
grâce de Dieu, je ne me souviens point de l'avoir jamais offensé par
hypocrisie ou par vaine gloire. J'en avais au contraire tant d'aversion,
qu'aussitôt que j'en sentais les premiers mouvements, la peine que
j'en souffrais était si grande, que le démon était contraint de me
laisser en repos, sans plus oser me tenter en cette manière, parce que.
y perdant plus qu'il n'y gagnait, il voyait que ses vains efforts
tournaient à mon avantage : et c'est pourquoi il ne m'a guère attaquée
de ce côté-là. Peut-être néanmoins, que si Dieu eût permis qu'il m'eût
tenté aussi fortement en cela qu'en d'autres choses, je n'aurais pu y
résister ; mais sa divine majesté m'en a jusqu'ici préservée, et je ne
saurais trop lui en rendre grâces. Ainsi, comme je ne pouvais ignorer
ce qui était dans mon cœur, j'étais si éloignée de vouloir passer dans
l'esprit de ces bonnes filles pour meilleure que je n'étais, que je ne
pouvais voir sans beaucoup de peine la trop bonne opinion qu'elles
avaient de moi.
Ce qui leur cachait ainsi mes défauts venait de ce qu'elles
voyaient qu'étant encore si jeune et dans tant d'occasions de perdre
mon temps, je me retirais souvent pour prier et lire beaucoup ;que je
prenais plaisir à parler de Dieu, à faire peindre en plusieurs lieux son
image, et à mettre dans mon oratoire diverses choses qui excitaient la

dévotion : que je ne disais du mal de personne, et autres choses
semblables qui avaient quelque apparence de vertu : à quoi il faut
ajouter que je réussissais assez en ce que l'on estime dans le monde.
Tout cela faisait que l'on me donnait plus de liberté qu'aux plus
anciennes et que l'on prenait une grande confiance en moi. Je n'en
abusais pas, car je ne faisais rien sans en demander la permission ; il
ne m'est jamais arrivé de parler par des trous, ou à travers les fentes
de murailles, ou de nuit ; et je ne pouvais comprendre que l'on en
usât de la sorte dans un monastère, parce que Dieu m'assistait ; et y
faisant réflexion, je trouvais qu'étant aussi imparfaite que j'étais, et
les autres si bonnes, je n'aurais pu sans un grand péché, donner sujet
de douter de leur vertu, en commettant de semblables fautes ; mais
j'en faisais assez d'autres dans lesquelles, il est vrai néanmoins, je ne
tombais pas de propos délibéré, et avec autant de connaissance que
j'aurais fait en celles-là.
Ce que je viens de rapporter me donne sujet de croire que je
reçus un grand préjudice d'être dans une maison où il n'y avait point
de clôture. parce que les libertés que les religieuses qui étaient
bonnes pouvaient prendre innocemment, à cause qu'elles ne s'étaient
pas obligées à davantage, auraient été capables de me damner, étant
aussi mauvaise que je suis, si Dieu ne m'eût soutenue par des grâces
particulières. Ainsi je trouve qu'un monastère de femmes sans clôture
les met dans un si grand péril, que c'est plutôt le chemin de l'enfer
pour celles qui sont mauvaises, qu'un remède à leurs faiblesses. On
ne doit pas toutefois prendre ce que je dis pour le monastère où j'étais
alors, puisqu'il y a tant de religieuses qui servent Dieu avec une
grande perfection, et qu'étant aussi bon qu'il est, il ne saurait ne point
continuer à les favoriser de ses grâces. Ce monastère n'est pas du
nombre de ceux dont l'entrée est fort libre, et l'on y observe toute la
règle ; mais j'entends parler de quelques autres monastères que j'ai
vus, et qui me font une très-grande compassion. Il ne suffit pas que
Dieu fasse entendre sa voix une seule fois à ces pauvres filles pour
les rappeler à lui ; il faut qu'il frappe diverses fois aux oreilles de leur
cœur pour les faire rentrer dans leur devoir, tant elles sont remplies

de l'esprit du monde, de sa vanité et de ses plaisirs,et comprennent
peu leurs obligations. Dieu veuille même qu'elles ne tiennent point
pour vertu ce qui est péché, comme cela m'est arrivé trop souvent ; et
il est si difficile de ne pas s'y tromper, qu'il n'y a que Dieu qui, par
une assistance particulière de sa grâce, puisse donner la lumière
nécessaire pour le comprendre.
Que si les parents voulaient suivre mon conseil, quand même
ils ne seraient point touchés de la considération du salut de leurs
filles, en les mettant dans des maisons où elles courent plus de
fortune de se perdre que dans le monde, ne devraient-ils pas l'être par
la considération de leur honneur, et les marier plutôt moins
avantageusement, ou les retenir auprès d'eux, que de les mettre, pour
s'en décharger, en de semblables monastères, si ce n'est qu'ils
reconnussent en elles de très-bonnes inclinations ? et Dieu veuille
encore que cela leur serve ; car, si elles se portent au mal dans le
monde, on les connaîtra bientôt ; au lieu que dans les monastères
elles se peuvent longtemps cacher, mais enfin on les découvre, et ce
mal est d'autant plus grand, qu'elles le communiquent aux autres,
sans que quelquefois il y ait de la faute de ces pauvres filles qui se
laissent aller, sans y penser, au mauvais exemple qu'on leur donne.
En vérité on ne peut trop plaindre celles qui, renonçant au
siècle pour éviter les périls qui s'y rencontrent, et passer leur, vie au
service de Dieu, se trouvent en beaucoup plus grand hasard que
jamais, et ne savent comment y remédier, parce que la jeunesse, la
sensualité, et le démon les poussent à faire les mêmes choses qu'elles
avaient voulu éviter en quittant le monde ; et elles s'aperçoivent si
peu qu'elles sont mauvaises, qu'elles sont presque persuadées qu'elles
font bien. Il me semble qu'on peut, en quelque sorte, les comparer à
ces malheureux hérétiques qui s'aveuglent volontairement, et tâchent
d'engager les autres dans leur erreur qu'ils prennent pour la vérité,
sans pouvoir néanmoins en être entièrement persuadés, parce qu'ils
sentent dans le fond de leur cœur comme une voix intérieure qui leur
dit qu'ils se trompent.

Quel malheur est donc plus grand que celui des monastères,
autant d'hommes que de femmes, qui ne sont pas réformés, et où l'on
marche également par deux voies si différentes, l'une de la vertu, et
l'autre du relâchement ? Mais, que dis-je, également ? hélas ! on suit
beaucoup plus la voie qui est si périlleuse, parce que nos mauvaises
inclinations nous y poussent, et que l'exemple de ce que la plupart y
marchent nous la fait paraître encore plus agréable. Ainsi le chemin
de la véritable observance est si peu battu, que le religieux et la
religieuse qui veulent satisfaire aux obligations de leur vocation ont
plus de sujet d'appréhender les personnes avec qui ils vivent que les
démons, doivent être plus retenus à parler de l'amour que l'on doit
avoir pour Dieu, que des amitiés et des liaisons que le diable fait
contracter dans ces monastères.1
Y a-t-il donc sujet de s'étonner de voir tant de maux dans
l'Église, puisque ceux qui devraient porter les autres à la vertu ont
tellement éteint en eux l'esprit des saints fondateurs de leurs ordres ?
Je prie Dieu de tout mon cœur d'y vouloir apporter le remède qu'il
sait y être nécessaire.
Quand je m'engageai dans ces conversations dont j'ai parlé et
que je voyais pratiquer aux autres, je ne croyais pas qu'elles me
dussent être aussi préjudiciables que je l'ai éprouvé depuis ; mais il
me semblait que ces visites, si ordinaires dans plusieurs monastères,
ne me feraient pas plus de mal qu'aux autres religieuses que je voyais
être bonnes. Je ne considérais pas que, comme elles étaient beaucoup
meilleures que moi, elles ne s'exposaient pas par-là à un si grand
péril que je faisais, et je voyais bien néanmoins qu'il yen avait, quand
ce n'aurait été qu'à cause du temps qui s'y employait si mal.
Lorsque je commençai de faire connaissance avec une certaine
personne, Dieu m'ouvrit les yeux pour me faire voir l'état où j'étais, et
que ces sortes d'amitiés me convenaient mal. Jésus-Christ se présenta
à moi avec un visage sévère, et me fit connaître combien ma
mauvaise conduite lui était désagréable. Je le vis plus clairement des

Ceci est obscur, et il faut qu'il y ait quelque faute dans l'exemplaire espagnol.

yeux de mon âme, que je ne le pourrais voir avec ceux de mon
corps ; et quoiqu'il y ait plus de vingt-six ans que cela se passa, cette
vue fit une telle impression sur mon esprit, qu'elle m'est encore aussi
présente qu'elle me le fut dans ce moment. Je demeurai si épouvantée
et si troublée, que je ne voulus plus voir cette personne ; mais je
reçus un grand dommage d'ignorer que l'on peut voir quelque chose
sans l'entremise des yeux corporels ; et le démon pour me confirmer
dans cette ignorance, me faisait entendre que c'était une chose
impossible ; que ce que j'avais vu n'était qu'une imagination ; que ce
pouvait être un artifice du malin esprit, et autres choses semblables.
Néanmoins il me paraissait toujours que c'était Dieu et que je ne me
trompais pas ; mais comme cela ne s'accordait point avec mon
inclination, j'aidais aussi moi-même à me tromper ; de sorte que,
n'osant en parler à qui que ce fût, je ne pus résister aux instances que
l'on me fit de recevoir cette personne, et à l'assurance que l'on me
donnait que non-seulement cela ne pouvait nuire à ma réputation,
mais que sa conversation m'était honorable. Ainsi je m'y rengageai.
et à d'autres encore, en d'autres temps, parce que, durant le grand
nombre d'années que je goûtais un plaisir si dangereux, il ne me
paraissait pas qu'il le fût beaucoup, quoique je reconnusse
quelquefois qu'une telle récréation n'était pas bonne. Nulle autre me
causa plus de distractions que mes entretiens avec cette personne,
parce que je conçus beaucoup d'amitié pour elle.
Un jour que j'étais avec cette même personne et avec une autre,
nous vîmes venir vers nous un crapaud, mais qui marchait beaucoup
plus vite que ces sortes d'animaux n'ont accoutumé. Je n'ai jamais pu
comprendre comment il pouvait venir, et en plein midi, du côté d'où
il venait. Je crus que cela n'était pas sans quelque mystère, et
l'impression qu'il me fit ne s'est jamais effacée de mon esprit. « Dieu
tout-puissant, avec combien de soin et de bonté me donniez-vous, en
tant de manières différentes, de salutaires avertissements ! et que j'en
ai peu profité ! »
Il y avait dans ce monastère une religieuse, ma parente, fort
ancienne et grande servante de Dieu. Elle me donnait quelquefois de

très-bons avis ; et non-seulement je ne les suivais pas, mais il me
causait de l'éloignement pour elle, parce qu'il me semblait qu'elle se
scandalisait sans sujet. Je rapporte ceci pour faire voir l'extrême
bonté de Dieu, et ma malice, qui me rendait digne de l'enfer par mon
ingratitude ; comme aussi afin que, si Dieu permet que quelques
religieuses lisent un jour ceci, elles apprennent, par mon exemple, à
ne pas tomber en de semblables fautes. Je les conjure en son nom
d'éviter de telles récréations, et je le prie de me faire la grâce de
désabuser, par ce que je dis ici, quelques-unes de celles que j'ai
trompées, en les assurant qu'il n'y avait point de mal ni de péril, en
quoi je ne saurais trop déplorer mon aveuglement, et les maux dont le
mauvais exemple que j'ai donné a été la cause ; car je n'avais pas
dessein de les tromper, mais j'étais trompée la première, dans la
créance que j'avais qu'il n'y avait pas grand mal à cela.
Étant donc si imparfaite et si incapable de m'aider moi-même,
j'avais un très-grand désir d'être utile aux autres ; ce qui est une
tentation ordinaire à ceux qui commencent, et néanmoins elle me
réussit. Ainsi, comme j'aimais extrêmement mon père, je lui
souhaitais ardemment le bonheur de savoir faire oraison, que je
croyais posséder, et qui passait dans mon esprit pour le plus grand
dont on puisse jouir en cette vie. J'usai donc de toute l'adresse que je
pus pour lui en faire naître le désir ; je l'y engageai et lui donnai des
livres pour l'en instruire ; et comme il était très-vertueux, il s'y
appliqua avec tant de soin, qu'il y fit, en cinq ou six ans, un fort
grand progrès. La consolation que j'en eus, fut telle que l'on peut
s'imaginer, et je ne pouvais me lasser d'en louer Dieu. Il eut
beaucoup de traverses, et il les supportait avec une très-grande
soumission à sa volonté. Il venait souvent me visiter, pour se
consoler avec moi par des entretiens de piété, et je ne pouvais voir,
sans une étrange confusion, qu'il me croyait toujours la même
qu'auparavant, quoique je fusse alors si distraite, que je ne faisais
plus d'oraison.
Je demeurai durant plus d'un an en cet état,m'imaginant de
témoigner en cela plus d'humilité. Mais ce fut, comme je dirai dans la

suite, la plus grande tentation que j'aie eue, et dont la continuation
aurait été capable d'achever de me perdre, parce qu'en faisant oraison
on se recueille après avoir offensé Dieu, et l'on prend davantage
garde à fuir les occasions. Mon père venant donc me voir, dans la
croyance que je continuais toujours ce saint exercice, je ne pus
souffrir plus longtemps de le voir trompé. Ainsi je lui dis que je ne
faisais plus d'oraison ; mais je ne lui en dis pas la cause. Je pris pour
prétexte mes infirmités, étant véritable qu'il m'en était beaucoup resté
depuis que j'avais été guérie de cette grande maladie dont j'ai parlé ;
et ce n'est que depuis peu que je sens quelque soulagement dans ce
qu'elles me font souffrir.
J'ai, durant vingt ans, été travaillée d'un vomissement qui ne
me permettait de manger qu'à midi, et quelquefois encore plus tard ;
mais depuis que je communie plus souvent, ce vomissement me
prend le soir avant que je me couche, et m'incommode encore plus
qu'auparavant. Je suis même obligée de l'exciter avec une plume ou
quelque autre chose, parce qu'autrement il me ferait souffrir
davantage. Je ne suis aussi presque jamais sans ressentir diverses
douleurs ; et elles sont quelquefois bien grandes, principalement des
maux de cœur, quoique je ne tombe pas souvent dans cette
défaillance qui m'était auparavant si ordinaire ; mais je me trouve
délivrée de cette paralysie et de ces fièvres qui me tourmentaient si
fort ; et je suis, depuis huit ans, si peu touchée de ces maux qui me
restent, que quelquefois je m'en réjouis, parce qu'il me semble que
c'est, en quelque manière, servir Dieu que de les supporter avec
patience.
Comme mon père était très-véridique, et qu'il ne me
soupçonnait point de vouloir mentir, il crut aisément ce que je lui
dis ; et, parce que je connaissais bien que ce prétexte que j'avais pris
ne suffisait pas, j'ajoutai, pour le mieux persuader, que tout ce que je
pouvais faire était d'assister au chœur. Mais cela même ne devait
point me dispenser de continuer à faire oraison, puisque l'on n'y à
point besoin de forces corporelles, qu'il ne faut que de l'amour, et
que, pourvu que l'on veuille et que l'on ne se décourage point, Dieu

donne toujours le moyen de s'y occuper. Je dis toujours, parce que
encore que la violence des maux empêche quelquefois l'âme de
rentrer en elle-même, elle ne laisse pas de trouver d'autres moments
où elle le peut, même au milieu des douleurs ; et jamais l'oraison
n'est plus parfaite qu'en ces rencontres, où une Âme qui aime Dieu
véritablement offre avec joie à Jésus-Christ ces mêmes douleurs,
dans la vue que c'est pour se conformer à sa volonté qu'elle les
souffre, qu'elle devient en quelque sorte, par ce moyen, semblable à
lui, et mille autres pensées qui se présentent à elle dans ce divin
commerce de l'amour qu'elle a pour son Dieu.
Ainsi l'on voit que ce n'est pas seulement dans la solitude que
l'on peut pratiquer utilement l'oraison ; mais qu'avec un peu de soin
on tire aussi de grands avantages des temps même où Notre-Seigneur
nous ôte celui de la faire par les souffrances qu'il nous envoie ; et
c'est ce qui m'arrivait lorsque j'étais dans la disposition qu'il désirait
de moi.
Cependant mon père m'aimait de telle sorte, et avait si bonne
opinion de moi, qu'il ne doutait point de la vérité de ce que je lui
disais, et me plaignait extrêmement. Comme il était déjà arrivé à un
si haut degré de perfection, il se contentait de me voir sans beaucoup
m'entretenir, disait que c'était perdre du temps inutilement ; et je ne
m'en mettais guère en peine, parce que je l'employais en de vaines et
inutiles occupations.
Je ne portai pas seulement mon père à faire oraison, j'y excitai
encore d'autres personnes, lors même que j'abusais de telle sorte des
grâces de Dieu. Car aussitôt que je voyais qu'elles avaient quelque
inclination pour la prière, je les instruisais de la manière de méditer,
et je leur donnais des livres qui en traitaient, parce que je ne fus pas
plus tôt entrée dans ce saint exercice que je fus touchée du désir de
voir les autres y entrer aussi. Il me semblait que, ne servant pas Dieu
comme j'y étais obligée, je devais au moins, pour ne pas me rendre
inutile la faveur qu'il me faisait, procurer que d'autres le servissent au
lieu de moi. Ce que je dis ici prouve jusqu'à quel point allait mon

aveuglement de négliger mon salut, lorsque je travaillais pour celui
des autres.
Mon père ensuite tomba malade de la maladie dont il mourut,
et qui ne dura que peu de jours. Je sortis pour l'aller assister ; et cette
maladie qu'il souffrait dans son corps n'était pas si grande que celle
où mon âme était tombée, par ces vains amusements et ces vaines
occupations, quoique durant tout le temps que j'étais en si mauvais
état, je ne croyais pas pécher mortellement, et que, si je l'eusse cru, je
n'aurais voulu, pour rien au monde, y demeurer. Les peines que je
pris dans cette maladie de mon père, pour satisfaire à mon devoir,
furent si grandes, que je m'acquittai, en quelque sorte,de celles qu'il
s'était données pour moi durant mes longues infirmités. Je faisais
plus que ma santé et mes forces ne me permettaient ; et, bien que je
connusse assez que je perdais mon appui et toute ma consolation, il
n'y eut point de contrainte que je ne me fisse pour lui cacher ma
douleur, encore qu'elle fût si violente, et que je l'aimasse avec tant de
tendresse, qu'il me sembla, lorsqu'il expira, qu'on m'arrachait l'âme.
La manière dont il mourut, le désir qu'il en avait, et les choses
qu'il nous dit, après avoir reçu l'extrême-onction, nous obligèrent à
rendre à Dieu de grandes actions de grâces. Il nous chargea de lui
demander pour lui sa miséricorde, et de le prier de nous assister pour
persévérer dans son service, et considérer quel est le néant du monde.
Il nous témoignait, par ses larmes, son extrême regret de n'avoir pas
servi Dieu comme il l'aurait dû, et il nous dit qu'il aurait souhaité de
mourir religieux, dans l'un des ordres les plus austères. Je ne doute
point que Dieu ne lui eût fait connaître qu'il mourrait de cette
maladie ; car, encore que les médecins le trouvassent beaucoup
mieux, il ne tenait compte de l'assurance qu'ils lui donnaient, et ne
pensait qu'à se préparer à la mort. Son plus grand mal était une
douleur dans les épaules, qui ne le quitta jamais, et qui était
quelquefois si violente, qu'elle le contraignait de se plaindre. Sur
quoi je lui dis qu'ayant une si grande dévotion pour ce que souffrit
Notre-Seigneur, lorsqu'il porta sa croix sur ses épaules, il devait
croire qu'il voulait lui faire sentir par cette douleur combien grande

avait été la sienne. Ces paroles lui donnèrent tant de consolation,
qu'on ne l'entendit plus se plaindre. Il demeura trois jours sans
sentiment ; mais le jour qu'il mourut, Dieu le lui rendit si entier, que
nous ne pouvions assez nous en étonner ; et il le conserva toujours,
jusqu'à ce qu'au milieu du Credo, qu'il disait lui-même, il rendit
l'esprit. Son visage ressemblait à celui d'un ange ; et il me paraissait
l'être, en quelque sorte, par les excellentes dispositions où était son
corps. Mais qui peut mieux que ce que je viens de rapporter faire
connaître combien, après avoir vu une telle vie et une telle mort, je
suis coupable de ne pas m'être corrigée de mes défauts, pour
ressembler en quelque sorte, à un si bon père ? Un religieux
dominicain, fort savant, et qui était son confesseur depuis quelques
années, disait avoir trouvé en lui une telle pureté de conscience. qu'il
ne doutait point qu'il n'augmentât dans le ciel le nombre des
bienheureux.
Comme ce religieux était extrêmement vertueux, j'en reçus
beaucoup d'assistance. Car m'étant confessée à lui, Dieu lui donna
une grande charité pour moi, et il s'appliqua avec soin à me faire
connaître le mauvais état où j'étais. Il me faisait communier tous les
quinze jours. Je pris peu à peu confiance en lui, lui parlai de mon
oraison,et il me dit de ne la pas discontinuer, parce qu'elle ne me
pouvait être que fort utile. Je commençai donc à la reprendre, et je ne
l'ai jamais quittée depuis : mais je n'évitai pas les occasions qui
m'étaient si préjudiciables. Ainsi je passais une vie très-pénible,
parce que l'oraison me donnait connaissance. de mes fautes. Dieu
m'appelait d'un côté, le monde m'entraînait de l'autre. Les biens
célestes m'attiraient, ceux de la terre me retenaient attachée ; et
j'aurais bien voulu pouvoir allier deux contraires aussi opposés que la
vie spirituelle et la satisfaction que donnent les plaisirs des sens. Ce
combat qui se passait en moi-même me faisait beaucoup souffrir
dans mon oraison, à cause que ma manière de la faire était de me
recueillir intérieurement, et que mon esprit se trouvant alors esclave
au lieu qu'il aurait du être le maître, je ne pouvais le renfermer audedans de moi, sans enfermer avec lui mille choses vaines. Je passai

plusieurs années dans cette peine ; et je ne saurais penser sans
étonnement, comment il se peut faire que je ne me corrigeai point de
ce défaut, ou que je n'abandonnai point l'oraison. Mais il n'était pas
en mon pouvoir de l'abandonner, parce que Dieu, qui voulait se servir
de ce moyen pour me faire des grâces encore plus grandes, m'y
retenait et m'y soutenait de sa main toute-puissante.
« Seigneur, mon Dieu, de quelles occasions ne m'avez-vous
point alors délivrée par votre bonté, et de quelle sorte ne m'y
rengageais-je point par ma misère ? de quel périt de me perdre
entièrement de réputation ne m'avez-vous point garantie, lorsque je
m'abandonnais si imprudemment à faire des choses qui pouvaient me
faire connaître pour aussi imparfaite que je l'étais ? Vous cachiez mes
fautes, Seigneur, aux yeux des hommes ; vous leur laissiez seulement
apercevoir ce qu'il y avait de bon en moi,et le leur faisiez paraître si
grand, qu'ils continuaient à me beaucoup estimer. Ainsi, bien que
quelquefois ils entrevissent mes vanités, les autres choses qui leur
paraissaient dignes de louange les éblouissaient, et les empêchaient
de s'y arrêter et de les croire, à cause sans doute que votre suprême
sagesse, à qui toutes choses sont présentes, le jugeait nécessaire pour
me conserver l'estime des personnes à qui vous vouliez que je
parlasse dans la suite des temps pour les porter à vous servir, et qu'au
lieu de considérer la grandeur de mes péchés, vous ne considériez
que le désir que j'avais de vous être fidèle, et de la peine que je
souffrais de ne pas en avoir la force.
« O Dieu de mon âme, comment pourrai-je exprimer les grâces
dont vous m'avez favorisée durant ce temps, et comme, lorsque je
vous offensais le plus, vous me disposiez par un très-grand repentir à
les goûter ? Vous usiez, pour cela, mon Dieu, du châtiment que vous
connaissiez me devoir être le plus pénible, en ne me punissant que
par de grandes faveurs d'aussi grandes fautes qu'étaient les miennes.
Je ne crois pas, Seigneur, en parlant ainsi, dire une folie, quoiqu'il n'y
aurait pas sujet de s'étonner que j'eusse l'esprit troublé par le souvenir
d'une aussi étrange ingratitude qu'était la mienne. »

C'était une chose si insupportable à mon humeur, de recevoir
des faveurs au lieu de châtiments, qu'une seule m'était plus difficile à
supporter que ne l'auraient été plusieurs grandes maladies, parce que,
connaissant que je les avais bien méritées, j'aurais cru satisfaire en
quelque sorte par ce moyen à la justice de Dieu ; mais recevoir de
nouvelles grâces après s'être rendu indigne des premières, c'est un
espèce de tourment qui me paraît terrible, et il le doit être à tous ceux
qui ont quelque connaissance de Dieu et quelque amour pour lui,
puisque c'est une marque de vertu. Ces sentiments étaient le sujet de
mes larmes et de ma douleur, de me voir toujours à la veille de faire
de nouvelles chutes, quelque véritables que fussent mes désirs, et
quelque fermes que fussent mes résolutions. Qu'une âme est à
plaindre de se trouver seule au milieu de tant de périls ! car il me
semble que, s'il y eût eu quelqu'un à qui j'eusse pu communiquer
toutes mes peines, il m'aurait empêché de retomber dans les mêmes
fautes, par la honte de l'avoir pour témoin de ma faiblesse, quand
même la crainte d'avoir offensé Dieu ne m'aurait pas retenue.
Ainsi je conseillerais à ceux qui s'appliquent à l'oraison, et
principalement dans les commencements, de faire amitié avec des
personnes qui soient dans le même exercice. C'est une chose trèsimportante, quand même ils n'en tireraient d'autre avantage que de
s'entr'aider par leurs prières ; car, si dans le commerce du monde,
quelque vain et inutile qu'il soit, on tâche de faire des amis pour
soulager son esprit en leur témoignant ses déplaisirs, et augmenter sa
satisfaction en leur faisant part de ses joies, je ne vois pas pourquoi il
ne serait point permis à ceux qui commencent à aimer et à servir
Dieu véritablement de communiquer à quelques personnes ses
consolations et ses peines, que ceux qui font oraison ne manquent
jamais d'avoir, ni que, pourvu qu'ils veuillent sincèrement se donner
à Dieu, ils aient sujet de craindre en cela la vaine gloire. Elle pourra
bien les attaquer et leur faire sentir la pointe de ces premiers
mouvements, mais ce ne sera que pour leur faire acquérir du mérite
en les rendant victorieux, et ils profiteront, à mon avis, aux autres et
à eux-mêmes par la lumière qu'ils en tireront pour leur conduite.

Ceux qui se persuadent, au contraire, que l'on ne peut, sans vanité,
entrer dans une communication si sainte, trouveraient donc qu'il y a
de la vanité à entendre dévotement la messe à la vue du monde, ou à
faire d'autres actions auxquelles on est obligé, comme chrétien, et
que la crainte qu'il s'y rencontre de la vanité ne doit jamais empêcher
de le faire.
Cela est si important pour ceux qui ne sont pas encore bien
affermis dans la vertu, et qui, outre les obstacles qui s'opposent à
leurs bons desseins, ont des amis qui les en détournent, que je ne
saurais trop en représenter la conséquence. Il n'y a rien que ces
dangereux amis ne fassent pour empêcher ceux qu'ils voient dans une
véritable disposition d'aimer et de servir Dieu, de la témoigner ; et ils
poussent, au contraire, ceux qui sont engagés dans des affections
déshonnêtes à les publier hautement : ce qui est si ordinaire qu'il
passe aujourd'hui pour galanterie.
Je ne sais si ce que je dis est une rêverie ; mais si c'en est une,
vous n'aurez, mon père, qu'à jeter ce papier dans le feu. Et si ce n'en
est pas une, je vous supplie de m'aider à faire connaître la grandeur
de ce mal, afin qu'on évite d'y tomber. On agit aujourd'hui si
faiblement en ce qui regarde le service de Dieu, que ceux qui
marchent dans ses voies doivent se donner la main les uns aux autres
pour s'y avancer : de même que ceux qui n'ont que l'esprit rempli des
plaisirs et des vanités du siècle s'exhortent à les rechercher. En quoi il
est étrange que si peu de gens aient les yeux ouverts pour remarquer
leurs folies : au lieu que, lorsqu'une personne commence à se donner
à Dieu, tant de gens en murmurent, qu'elle a besoin de compagnie
pour se défendre et se soutenir contre leurs attaques, jusqu'à ce
qu'elle soit assez forte pour ne point craindre de souffrir,
puisqu'autrement elle se trouvera dans une grande détresse. Je pense
que c'est à ce sujet que quelques saints s'enfuyaient dans les déserts :
et c'est une espèce d'humilité que de se défier de soi-même, et
d'espérer du secours de Dieu par l'assistance des personnes
vertueuses avec lesquelles on converse. La charité s'augmente par la
communication ; et il s'y rencontre tant d'avantages, que je ne serais

pas assez hardie pour en parler de la sorte, si je ne les avais éprouvés.
Mais, quoique je sois la plus faible et la plus misérable de toutes les
créatures, je crois que ceux mêmes qui sont affermis dans la vertu ne
perdront rien en ajoutant foi, par humilité, à ceux qui ont éprouvé ce
que je dis. Pour ce qui est de moi, je puis assurer que, si Dieu ne
m'eût fait connaître cette vérité et donné le moyen de communiquer
souvent avec des personnes d'oraison, je serais, ensuite de diverses
chutes et rechutes, tombée dans l'enfer, parce qu'ayant tant d'amis qui
m'aidaient à tomber, je me trouvais si isolée lorsqu'il fallait me
relever, que je ne comprends pas maintenant comment je le pouvais
faire. Dieu seul, par son infinie miséricorde, me donna la main, et je
ne saurais trop l'en. remercier. Qu'il soit béni aux siècles des siècles.
Ainsi soit-il.

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